Salmo 38 (En liturgia el 37) - Un pecador pide perdón y amparo


El salmo que vamos a recitar es el tercero de los salmos penitenciales que en la antigüedad se usaban en la Iglesia para rezar en tiempos en que se pedía perdón especial de Dios. 

Es una oración compuesta para tiempos de tribulación y arrepentimiento. Aquí hay sentimientos de humildad, reconocimiento sincero de los pecados y apremiantes súplicas al Señor para que venga en auxilio de quien implora su protección.

En el salmo, alguien agobiado por los sufrimientos, se siente como castigado a causa de sus pecados y reconoce el carácter penitencial de las soledades, enfermedades y persecuciones. 

Los sufrimientos que le vienen son de dos clases: 
  • los que provienen de Dios (1-11) y 
  • los que provienen de las demás personas. 
El pecador reconoce su culpabilidad y que sus sufrimientos son un justo castigo por sus pecados, pero le pide a Dios que no le castigue con severidad como juez, inexorable, sino que con la benignidad de un padre amoroso alivie sus sufrimientos físicos y morales. Quiere permanecer en silencio ante la gente, pero refugiarse en Dios que lo sabe comprender, perdonar y ayudar. 

SALMO 38 (En liturgia 37) -  SÚPLICA EN EL DOLOR, CONFESANDO EL PECADO A DIOS

Yahveh, no me corrijas en tu enojo, en tu furor no me castigues.
Pues en mí se han clavado tus saetas, ha caído tu mano sobre mí;
nada intacto en mi carne por tu enojo, nada sano en mis huesos debido a mi pecado.

Mis culpas sobrepasan mi cabeza, como un peso harto grave para mí;
mis llagas son hedor y putridez, debido a mi locura;
encorvado, abatido totalmente, sombrío ando todo el día.

Están mis lomos túmidos de fiebre, nada hay sano ya en mi carne;
entumecido, molido totalmente, me hace rugir la convulsión del corazón.
Señor, todo mi anhelo ante tus ojos, mi gemido no se te oculta a ti.
Me traquetea el corazón, las fuerzas me abandonan, y la luz misma de mis ojos me falta.

Mis amigos y compañeros se partan de mi llaga, mis allegados a distancia se quedan;
y tienden lazos los que buscan mi alma, los que traman mi mal hablan de ruina, y todo el día andan urdiendo fraudes.
Mas yo como un sordo soy, no oigo, como un mudo que no abre la boca; sí, soy como un hombre que no oye, ni tiene réplica en sus labios.

Que en ti, Yahveh, yo espero, tú responderás, Señor, Dios mío.
He dicho: «! No se rían de mí, no me dominen cuando mi pie resbale!».
Y ahora ya estoy a punto de caída, mi tormento sin cesar está ante mí.
Sí, mi culpa confieso, acongojado estoy por mi pecado.

Aumentan mis enemigos sin razón, muchos son los que sin causa me odian,
los que me devuelven mal por bien y me acusan cuando yo el bien busco.
¡No me abandones, tú, Yahveh, Dios mío, no estés lejos de mí!
Date prisa a auxiliarme, oh Señor, mi salvación!

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